Acabo de encender la radio del coche. Últimamente, y debido a la ingente cantidad de kilómetros que he de hacer para ir a trabajar, se ha convertido en una buena compañera de viaje, matizando que siempre dependiendo de los contertulios que me acompañen ese día.
Una sorprendente noticia llega a mis oídos: "Una nueva ley para que en caso de disputa matrimonial en el orden de los apellidos que deba llevar el vástago, o como dirían otras la vástaga, se imponga el que ocupe el primer lugar en el abecedario". Me temo que gente tan ilustre como los Rodríguez pueden terminan extinguiéndose. Y es que este gobierno es capaz de eso,y de más. El gran Ortega, de vivir ahora, correría peligro. Y ya no digamos Unamuno.
Durante media hora he oído todo tipo de razones a favor y en contra de la medida. Razones de lo más variopintas iban confirmando lo que yo siempre he sospechado: mi ignorancia supina. No podía imaginar que de una cuestión tan fútil se pudiera hacer tesis.
Resulta que también me he enterado de que el cambio en el orden de apellidos ya se podía hacer desde 1999. ¡Ay, si lo hubiera sabido antes mi mujer! La novedad en la nueva ley socialista es que en caso de disputa familiar, una nueva que añadir a las que ya de por sí se inventan los matrimonios, no se impondrá la línea patriarcal, sino la abecedarial.
Después de oír las razones a favor y en contra de la media de los ilustrados contertulios he de confesar que mi asombro del principio, por darle importancia a una noticia que yo creía que no la tenía, ha sido fruto de mi incapacidad de leer más allá de lo evidente. De no saber leer la realidad con claridad.
¿Acaso hay algo más importante en España en estos momentos? Yo pensaba que sí. Pero al ver que las ondas han dedicado tanto tiempo a debatir la cuestión; que los informativos del mediodía abrían con esa noticia y que incluso compañeros de trabajo la comentaban, he de admitir que estaba equivocado.
Me alegra saber que mi gobierno se preocupa de las cosas realmente importantes y que los medios de comunicación son los guardianes de las cuestiones que a los ciudadanos realmente importan. En cuanto a mí, no importa. La realidad me ha mostrado una vez más mi estupidez. Yo me preocupaba por el PIB, por la deuda española, por las cifras del paro, por las novedades editoriales, por... Ya me lo dijo mi padre, ¡hijo mío, qué raro eres!
Por cierto, menos mal que soy Elea.