jueves, 9 de febrero de 2012

Realidad fugit

Decía el poeta que volverán las oscuras golondrinas, y afirma este amanuense que vuelve su clara pluma, que no luminosa.
Tiempo desaparecido en pos de no se sabe muy bien qué. Subido a la veloz e inextricable barca del tiempo, esa que mece nuestra alma en busca del pacto fáustico, camino por los efímeros días sin poder apresar su esencia, si es que la tienen.
En estos meses la realidad vadea el río de la irrealidad. Su excesiva prisa por recorrer sus espacios naturales la hace ir contra natura. Es una realidad kafkiana. Lo incomprensible es su hábitat y la desmesura su fiel e insobornable acompañante.
El mundo siempre ha caminado  con el paso de un poeta cansado: tranquilo, sereno y un poco hastiado. Triste, pero firme, sin zigzaguear. Ahora es diferente. La prisa ya es un concepto lento. La desmesura y la hibris circundan al ciudadano, y a este solo le queda la triste resignación del que observa sin comprender. No tiene las categorías puras, que diría el gran Kant, adecuadas para ello.
El que escribe, incapaz de leer los nuevos tiempos, retira su ineficaz pluma por hoy. Quizá solo sea un día de esos que no entiende nada. No lo sé. Es posible que no. O es posible que sí. Volverán las oscuras golondrinas y  vuelvo yo.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

La amistad tiende hacia la amistad

En la Naturaleza todo tiende hacia un fin. Esta es una afirmación, pronunciada por Aristóteles, con ciertas ínfulas metafísicas y, curiosamente, realidad empírica.
Con el paso del incansable tiempo he podido constatar que el estagirita se codeaba con la verdad y mantenía una buena relación con esta. No siempre en armonía, pero sí en agradable cercanía.
La hiedra se agarra a la piedra. Los enamorados solapan sus corazones para convertirse en uno. La sed busca el agua. El frío añora el calor. La amistad busca al amigo…
Hay personas con las que conversas una vez y ya, desde ese mágico momento, sabes que podrán ser tus amigos. Que las palabras fluirán entre vosotros como lo hace el agua en el manso río. Sus miradas acompasan las tuyas, sus silencios respetan tus palabras, su gesto cordial anima a que tu locuacidad reprimida salga a pasear. Son amigos. Tu naturaleza tiende hacia ellos con irreprimible y agradable violencia.
También está el otro tipo de personas. Las que entran en tu universo pero nunca se instalan en él. Consigues hablar de <<temas varios>>, pero nunca sales de la estrecha casa en la que se aleja el <<tema vario>>>. Si has hablado con ella tres veces sobre el tiempo, el colegio y el fútbol y la relación ha sido, mas o menos, fluida, volverás a esos mismos asuntos con la misma celeridad con la que se busca el paraguas en días de copiosa lluvia. Esos <<temas varios>>, que en cada persona son diferentes, nos permiten solventar la situación. Son relaciones <<contra natura>>. El otro no tiende hacia ti, como tú tampoco lo haces hacia él. Hay una espesa barrera en el aire infranqueable para ambos. Es intangible, invisible, pero ahí está. Los lugares comunes os sirven para instalaros en un terreno neutral en el que estar cómodos…pero nunca plenos. La plenitud se alcanza cuando dos corazones criados en la misma sensibilidad se encuentran. Ahí surge el milagro…ese milagro que llamamos amistad.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Presunción de inocencia

Mi despertar hoy no ha comenzado en los albores del día, en esas presurosas y aceleradas horas mis palabras se fajaban con ardor por impregnar el árido terreno en el que se yerguen las aulas, lo ha hecho cuando he leído <<Nadie puede saber lo que un hombre desesperado está dispuesto a arriesgar>>.
La frase de Soren Kierkegaard no me ha descubierto ninguna verdad, pero sí que me ha mostrado una evidencia que a veces se diluye con rotundidad y finura. Sí, ambas.
Hay otra frase que reúne los dos adjetivos anteriores y está asentada en el consciente colectivo como una verdad, pero me temo no lo es. La frase es: <<Todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario>>.
Es rotunda, lleva implícita la afirmación de un Universal y es <<fina>>, hay paradoja y juego en ella (demostrar lo contrario). Sin embargo, asisto con desagrado a que su verdad se difumina cuando buceamos en las entrañas de nuestro pensamiento. Sí, creo que no hay presunción de inocencia, sí de culpabilidad a la hora de acercarse al otro. A ese que Sartre llamaba <<el enemigo>>.  
El caso de Madeleine y el de los dos niños de Córdoba recientemente desaparecidos me inspira la anterior afirmación. ¿Por qué el consciente colectivo acusa a los padres, casi sin dejar que la duda haga acto de honrosa presencia? ¿Cómo puede ser que nuestra mente deje que aparezca y se instale en nosotros una idea tan terrible? ¿Es normal que sin pruebas concluyentes se afirme que unos padres, que ni siquiera conocemos, hayan ...?
Frágil es nuestra confianza en los demás. ¿Es falta de empatía? O más terrible aún: ¿es empatía?  ¿Aceptamos en los juicios que hacemos sobre los demás que en el ser humano predomina el no deseado  Mr. Hyde? ¿Es posible que aceptemos la presunción de maldad antes que la de bondad? Preguntas de las que no quiero una respuesta, solo quiero una cosa: presunción de inocencia.
No nos lancemos con el vocabulario de la iniquidad a por los demás. Juzguemos con ecuanimidad y mesura. La suposición y el rumor son malas compañías, nos llevan a hundirnos en el lodazal de la maldad. Y en los lodazales existenciales el que perece siempre es uno mismo.



jueves, 20 de octubre de 2011

Hablo, luego sé...o no.

Tres figuras pululan por la intelectualidad española con desigual descaro: prolifera el inculto, aumenta el seudointelectual y tímidamente, como no podía ser de otra manera, aparece el intelectual. El discurso del intelectual nunca es rotundo, es dubitativo, como lo son las certezas de la existencia.
El ágora actual es la televisión, esa es la plaza pública que nos muestra a las figuras antes señaladas: el que no está en el <<ente>> no tiene realidad. Sólo la televisión confiere vida pública.
El inculto es un tipo de persona que suele tener mucha presencia en los realities y en programas de entretenimiento. También, por supuesto, prolifera en la clase política. El intelectual apenas aparece, quizá en algún programa que se emita en horas de baja audiencia. No interesa. Su discurso es denso y sin premuras. El seudointelectual es el que me interesa ahora y el que va a recibir el latigazo de mi pluma y el castigo de mi pensamiento.
Es un tipo de personaje cuyo hábitat natural, según él, es el saber. Nunca oiremos de sus siempre abiertos labios expresiones como <<no lo sé>> o <<sobre esa cuestión no me puedo pronunciar>>. Es asertivo, rotundo y huye de la duda con la misma celeridad con la que exige su turno de palabra. A veces, en un exceso de modestia inesperado comienza con un <<no sé mucho sobre la cuestión>>; y cuando ya creemos de manera esperanzadora que confesará su ignorancia sobre el tema y que no se pronunciará, prosigue con un desalentador <<pero…>>, y termina dando su vacía y falsa verdad que deviene afirmación irrefutable…¡y valiente el que se atreva!
El seudointelectual forma parte de la fauna que habita en los programas de debate en televisión, también en radio. Es peligroso. Muy peligroso. Puesto que el ignorante que desconoce su ignorancia es doblemente ignorante.
Ya me gustaría que este seudointelectual blandiera las espadas de la sinceridad y de la honestidad y dijera un claro y valiente <<no lo sé>>, sin <<peros>>.
En fin…no sé…pero creo que no me he equivocado mucho en mis apreciaciones.
Posdata: Ya lo dijo el ágrafo Sócrates: el primer paso para la sabiduría es reconocer la ignorancia.

lunes, 17 de octubre de 2011

La insoportable pesadez de la indecencia

Hay dos cosas que me causan enorme estupor: la indecencia de la clase política y el poco cuidado que el gremio de la hostelería tiene con los clientes. A lo primero ya casi me he acostumbrado. A lo segundo también.
Ayer salí con M. a celebrar su onomástica. Ella, siempre tan atenta y cumplidora, a pesar de no haber recibido aún el regalo, decidió invitarme a comer. La elección no fue fácil. Yo soy como Oscar Wilde: mi gusto es de lo más sencillo, solo me gusta lo mejor.
Al final, después de cientos de metros zigzagueando, acabamos en una cervecería de aspecto saludable, pero salud delicada.
Aunque antes de adentrarme en la intimidad del enfermo quiero señalar, para mostrar la realidad del gremio, que muchos de los bares, restaurantes o tabernas que nos encontramos han cerrado sus puertas, quizá definitivamente. La crisis ha podido con ellos.
Nada más sentarnos (una terraza al aire libre) llama mi atención el alto volumen de la música que acompaña a los comensales, haciendo de paso que sus conversaciones tengan que elevar el sonido para ser audibles. Estoy a punto de no sentarme, pero decido dar un voto de confianza. No quiero que M. me diga que ya estoy como siempre (poniendo pegas). Una vez sentados se acerca uno de los camareros y, sin limpiar la mesa, coloca unos escuetos mantelitos individuales que no cubren ni la tercera parte. Tuve que hacer malabares durante la comida para no salirme del espacio al que me sometían esos mantelitos. Después de traernos el exiguo primer plato el camarero, aprovechando unos segundos libres, se pone a fumar. Su compañero también. Después traerían nuevos platos con su <<sucias>> manos.
Tras la indigesta comida pedimos la cuenta. Por supuesto ahí estaba la penúltima sorpresa de la tarde. Una <<caña>> 2, 50 euros. ¡Ni que la hubiera servido Scarlett Johansson!
Abandonamos el local y decidimos dar un paseo. M. quiso un helado.  Llegamos a una heladería. Ella se sentó y yo me acerque a pedir (por supuesto, autoservicio). La dependienta, en un alarde de sutileza, le  estaba diciendo a una compañera: << Tía, que eso es una mierda (sic), ya te lo dije yo…>>. Cogí el helado, me senté, me lo tomé apoyándome en una mesa que nadie había limpiado posiblemente en todo el día,  y después tiré la tarrina en una papelera que estaba colocada ad hoc. Llegué a casa malhumorado.
En un país de cinco millones de parados, en el que determinados bares y restaurantes tienen que cerrar porque la crisis puede con ellos, ¿es que no hay nadie que regente un local que exhiba la mínima decencia exigida?
No es justo. Ayer M. gastó dinero y a cambio recibimos mala educación, dejadez, suciedad y ordinariez. No es justo y además es patético. No hay derecho a recibir una dosis de tan mal gusto el día de la onomástica de mi chica. Es más, ningún día.

domingo, 9 de octubre de 2011

Otoño

Me gusta el otoño, tiene un color como de ensoñación. No es deslumbrante y nítido como el verano, ni tiene los altibajos cromáticos de la primavera, ni el inquietante oscuro del invierno. Es real, pero difuminado, sin tanta transcendencia, aunque con cierto señorío.
Es limpio, su temperatura lo hace serlo. Es maduro y reflexivo.
Yo estoy en el otoño de mi vida, en esa época en la que están asentadas nuestras convicciones y se disfruta de una mentirosa tranquilidad. Nuestras ilusiones han sido calmadas por el ya excesivo paso del tiempo y todo se vivencia con un tranquilizador y cómodo estoicismo. Mientras llega el terrible invierno, que confiamos se dilatará hasta perderse de vista, vivimos en el plácido otoño.
El verano queda excesivamente lejano y a la primavera de nuestra vida solo volvemos cuando necesitamos rescatar salvadores recuerdos. Pero, aun siendo importante, casi ya no tiene validez. Ahora es otoño, un nuevo otoño que, como casi todos,  no inquiere.
En esta estación vital se acomoda uno en su envoltorio, en ese creado con innumerables renuncias, y deja pasar esas traidoras horas que ya no volverán.
Acabo de leer un extracto del discurso que Steve Jobs pronunció en la Universidad de Stanford el 12 de junio de 2005 y he decir que, aparte de que me ha conmovido, ha hecho que las hojas caídas de esta estación levanten el vuelo y quieran nuevo acomodo. Permítanme que les transcriba dos párrafos: <<Durante los últimos 33 años, me miro al espejo todas las mañanas y me pregunto: si hoy fuera el último día de mi vida, ¿querría hacer lo que estoy a punto de hacer hoy? Y cada vez que la respuesta ha sido no durante  varios días seguidos, sé que necesito cambiar algo. Recordar que moriré pronto constituye la herramienta más importante que he encontrado para ayudarme a decidir sobre las cuestiones importantes>>. Tras su despido de Apple: <<Estoy convencido de que lo único que me permitió seguir fue que yo amaba lo que hacía. Tienen que encontrar eso que aman. Y eso es tan válido para su trabajo como para sus amores (…) Si todavía no lo han encontrado, sigan buscando. No se detengan. Al igual que con los asuntos del corazón lo sabrán cuando lo encuentren>>.
Uno de los consejos de Jobs sigue las directrices de lo que ya dijo Píndaro: <<Llega a ser el que eres>>. O lo que exigía Ortega de cada uno de nosotros, que no falseáramos nuestra realidad.
Cuando uno ha llegado a su otoño se acepta esa realidad, aunque sea falsa. Y he aquí cuando ya no puedo aceptar lo que acabo de escribir y mi pluma se rebela. El otoño debe exigir búsqueda, no certezas. Nuestro otoño requiere que seamos pindarianos. No podemos no exigirnos. Nos lo debemos.
¡Fuera comodidades y falsas certezas! Hay que buscar… ¿Buscar qué? Aquello que somos y para lo que hemos nacido. Nuestra vocación.


jueves, 6 de octubre de 2011

Don Balón

Don Balón ha muerto. Nuestros recuerdos se manifiestan con rotundidad en tan lúgubre momento. El séquito que le acompaña en este fúnebre instante lo componen la infancia de miles de niños de mi generación y el más generoso de nuestros agradecimientos. Don Balón era una revista, solo una revista, pero también LA REVISTA, esa sobre la que giraba parte de nuestro tiempo y de nuestras ilusiones. As Color, Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape, 13 Rue del Percebe, Spiderman, Capitán América, Superman, Dan Defensor, El Capitán Trueno, La Pantera Negra, Thor, Namor y Los Cuatro Fantásticos eran sus inseparables compañeros de entretenimiento.
Mi padre, tan generoso siempre con su tiempo y su dinero, ponía en mis manos y en mis deseosos ojos el As color y el Don Balón (junto a los anteriores tebeos) y un helado de chocolate o nata, según mis preferencias circunstanciales. Aunque eso es otra historia.
Mi escritura de hoy es deudora de mis lecturas de esas entrevistas, de esos análisis de equipos, de esas jugadas narradas con la efusividad y la hipérbole que suelen utilizar los periodistas deportivos. Don Balón era Don. Y lo era porque su idiosincrasia se bañaba en las limpias aguas de la deportividad. Ni un solo insulto, ni un solo comentario despectivo, ni un solo…Solo deporte y deportividad. Letras claras, puras y amenas. Solo eso y nada más que eso.
Ha muerto uno de mis héroes. Ya apenas me quedan. De Mazinger hace mucho tiempo que no sé nada, se perdió entre tanto japonés.  Comando G siguió la misma estela de anonimato que Koji Kabuto.  Mortadelo y Filemón fueron llevados al cine para conferirles realidad y hacerles perder su idílica inexistencia. ¿Quién me queda? ¿A quién idolatrar ahora? Ya solo quedan unos héroes de la infancia que no han perecido a manos del cruel tiempo. De la infancia, de la juventud y de la época actual, y…de la eternidad: mis padres.
Viva Don Balón y vivan mis padres. Todos los padres.